Amor por la Vida

Amor por la Vida
Ah K2iiin Xook

martes, 24 de mayo de 2011

Una cultura conflictiva

 La cultura, que es lo que nos diferencia como humanos, nos ayuda a almacenar y transmitir las experiencias que nos facilitan lograr mayor bienestar. La cultura asume parte de los problemas de los humanos en su relación con la naturaleza y, por añadidura, consigo mismos.
El conflicto propiamente dicho –humano– adquiere una nueva dimensión cualitativa, ya que la cultura aporta nuevas vías para la gestión de algunas de las problemáticas con las que se enfrentaban los nuevos seres, siendo, a su vez, una respuesta "conflictiva" porque se interacciona directamente con todo lo existente previamente. De esta manera la cultura humana es por definición conflictiva. Con la transmisión de las normas culturales, las propuestas "naturales" –de la naturaleza– se ven condicionadas y modificadas. Entramos en un nuevo estadio de complejidad organizativa, en lo individual-colectivo, en el que lo biológico y lo cultural van a ir siempre de la mano y por tanto las posibles alternativas se multiplican exponencialmente, en unas dimensiones que no se habían alcanzado antes.
Sin embargo el mayor éxito de la cultura –de las normas de los humanos– reside en su capacidad para adaptarse a las variaciones que se producen, tiene un carácter eminentemente adaptativo, lo cual le permite afrontar, con mayor o menor fortuna o acierto, las relaciones de la especie humana con el resto de la naturaleza y todos los desafíos que esto comporta. Podríamos decir que la cultura es una mediación omnipresente entre los humanos y sus condiciones de vida.


La perspectiva del amor

Puede sonar extraño para algunos lectores, que habiendo dedicado el editorial a hablar de la mujer-madre, no hayamos hecho referencia alguna a la "perspectiva de género", tan difundida hoy en el mundo.
Ello se debe a que desde nuestro punto de vista, las relaciones entre los cónyuges no deben basarse en "equilibrios de poder", ni en una "lucha de clases" de "oprimido" contra "opresor" al interior de la familia, sino en el amor de los esposos.








El hombre y la mujer, capaces de amar y ser amados, son iguales en su dignidad porque comparten la misma naturaleza humana, porque son personas; pero, aunque en cuanto personas el marido y la mujer tienen idéntica dignidad, son esencialmente distintos en cuanto personas sexuadas.










Esta diferencia entre iguales, hace que las relaciones matrimoniales, se basen en la complentación mutua entre marido y mujer, llamados a ser "una sola carne". Complementación que cuando se realiza armónicamente, se verifica en la entrega, en el respeto y en el amor de los cónyuges.
Así, cuando el amor es sincero, el respeto total y la entrega absoluta, los esposos se abren a la fecundidad; pues sólo si están abiertos a la vida -a la maternidad-, los esposos son capaces de manifestar plenamente, además del amor mutuo, el amor que ambos tienen por los hijos que puedan venir y por sus semejantes.



La sociedad debe promover la maternidad







Una especie que no se reproduce, tiende a la extinción. Y si bien los seres humanos somos unos cuantos, hay signos alarmantes de estancamiento y aún decrecimiento de la población para las próximas décadas. Al menos en los países desarrollados, y en los que sin serlo, tenemos indicadores sociales similares a los suyos.
Estas ideas, son sólo un pantallazo de un tema profundo, que estimamos debería encararse con seriedad y profesionalidad por parte de quienes tienen en sus manos la posibilidad de establecer políticas, de fijar estrategias, de salvaguardar derechos; derechos que van desde la no discriminación, hasta la celebración del Día de la Madre, que algunas organizaciones feministas con representación en la ONU pretenden eliminar... y no precisamente por ser un día "comercial".

La paternidad debe manifestarse en el hogar y en el trabajo



El padre, no sólo debe asumir un compromiso con la maternidad de su propia esposa, sin que debe asumir un compromiso con el respeto a la maternidad de las mujeres que trabajan con él, o para él. En la medida que respete, facilite y proteja la maternidad de sus compañeras o empleadas, será digno de llamarse padre en el sentido amplio del término.
Lo mismo se puede aplicar a las mujeres que dirigen empresas
 o que trabajan fuera de casa; aunque por lo general, suelen
ser más comprensivas.

Los hombres, deben contemplar la especial atención
que requiere la maternidad de aquellas mujeres que no
son sus esposas, y las mujeres, de esas otras mujeres
que no son ellas mismas. Lo contrario, implica incoherencia,
ropia de quienes viven -esquizofrénicos- una vida hacia el hogar,
y otra completamente distinta, hacia el mundo.

La maternidad y el trabajo deben compatibilizarse lo mejor posible.


Es importante que la mujer pueda alternar su maternidad con su carrera profesional. Para ello, es necesario en primer lugar, que el marido le brinde a su esposa,
todo el apoyo que esta necesita para
desarrollar su cultura y su capacidad
profesional. Por otra parte,
la mujer-madre debe disponer
del tiempo suficiente para criar
 a sus hijos, sin que ello perjudique
 irreversiblemente su actividad
laboral y/o cultural. Y al revés: el trabajo, no debería afectar negativamente la atención a los hijos.Quizá las necesidades económicas que hoy vivimos, hagan difícil encontrar un equilibrio óptimo entre la dedicación de la mujer al trabajo y al hogar.
Por eso, es más importante que nunca afirmar que el mundo laboral debe aprender a respetar el don de la maternidad; si no lo hace, corre serios riesgos de deshumanizarse. El ámbito del trabajo y el ámbito de la cultura, necesitan del "genio" de la mujer para ser más acogedores, más "vivibles", más "disfrutables".
La mujer-madre, puede hacer una contribución peculiar en este sentido, si se la deja de tratar como a un hombre -también si ella misma deja de intentar parecerse al hombre-, y se respetan sus tiempos, si se facilita la adaptación de sus obligaciones laborales a su particular condición maternal. De este modo, aunque los empleadores no vean en este enfoque más que problemas inmediatos, a largo plazo podrán comprobar que las mujeres, además de trabajar más a gusto y rendir más, al poder vivir su maternidad como corresponde, enriquecerán con su experiencia maternal la actividad laboral.

La maternidad debe ser complementada por la paternidad.

Para que la maternidad pueda desarrollarse normalmente, hace falta el apoyo del padre, hace falta que el padre viva su paternidad. Lo cual no significa tan sólo proveer el sustento del hogar, sino también ayudar a la madre de sus hijos en todo cuanto haga falta, cuando se lo permita su actividad laboral.
A veces, el tiempo de que se dispone es escaso porque las dificultades económicas obligan a pasar muchas horas trabajando, separado de la familia; en esos casos, cobra mayor importancia la calidad de la atención a la mujer y a los hijos: es necesario luchar por adquirir ciertas virtudes, como espíritu de servicio, desprendimiento, generosidad y buen humor, de manera de hacer agradable la vida a los demás.





El padre, para favorecer y apoyar la maternidad de su esposa, debería tratar, por todos los medios, de estar siembre disponible. El Santo Padre Juan Pablo II hace referencia a la "deuda" que contrae el padre con la madre de sus hijos, quien durante nueve meses, se "encarga" de la gestación; esa "deuda", la debería pagar el varón una vez nacido el niño, ayudando a su mujer en tareas que faciliten la atención del niño por parte de la madre y la adaptación de la madre a la nueva situación.

Matrimonio (maternidad y Paternidad)




Las sabias palabras de Mons. Charles Chaput, Arzobispo de Denver, Estados Unidos: "La fertilidad es la bendición original dada por Dios al hombre y a la mujer... Es un don divino. Los dones están pensados para ser dados y recibidos gratuitamente; nunca rechazados por una parte, y nunca reclamados por otra... La anticoncepción rechaza el don de la fertilidad. Las tecnologías reproductivas lo reclaman".
Si la fertilidad es un don, también lo es la maternidad, consecuencia directa de la apertura a la vida. Pero ser madre, hoy en día, no es tarea fácil. El permanente cambio social, corrientes culturales contrarias a la familia, e incluso favorables a la maternidad "por capricho", generan numerosos problemas, sobre los cuales intentaremos dar algunas ideas.
Debe quedar claro que la maternidad no es sólo asunto de la mujer: es una realidad que debe ser vivida por el padre y por la madre, con el apoyo de la sociedad. Esta afirmación puede ser novedosa, pero tiene sus razones.